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Husmear
24/05/2013

El arte en la calle

Graffitis, stencils, murales, adhesivos, posters, dan cuenta de la condición abierta y en permanente transformación del soporte callejero. Marcas del arte desandando sus muros.
Por: María José Melendo*

El presente exhibe que el arte ha expandido sus fronteras estéticas y se ha volatilizado para materializarse en diversos soportes: arte en la ropa, en los aparatos tecnológicos, en los menús gourmet, en el mobiliario, en los portales de internet, etc.

El diseño de la cotidianeidad de la existencia hace que los cuerpos aspiren a una inmortal belleza y también todas las cosas, por eso -teniendo en cuenta el legendario vínculo con la belleza- el arte parece haberse quedado sin un reino donde gobernar. La belleza como un rasgo obligatorio, decisivo, la belleza paradigmática de Venus o de Olimpia, ya no tiene su hegemónica vigencia, ha viajado a otros objetos que tienen la belleza como norte.

Que la belleza no sea un rasgo decisivo en la valoración del arte, que éste ya no tenga un territorio específico sino que se haga presente en los más variados dominios, obligan al arte a replantearse aspectos esenciales, y las respuestas que tienen la pretensión de ser totalizantes o absolutas no ajustician una realidad que se descubre como plural, versátil, híbrida.

En virtud de esta metamorfosis, conviene preguntar si la misma constituye un verdadero problema o es en cambio una oportunidad,  debido a que es innegable hoy la transdisciplinariedad en el arte. Yo me inclino a pensar esto último y adhiero a perspectivas que descartan el escepticismo y los prejuicios y ven con optimismo esta mutación. En este sentido, siguen siendo completamente actuales las palabras de Theodor Adorno expresadas hace más de cuarenta años, de que el arte contemporáneo se franquea la puerta hacia la infinitud, hoy “cualquier cosa” puede ser arte.

Al arte de hoy ya no lo definen determinados parámetros asociados a la virtud, al dominio técnico, al canon. Una cosa puede ser arte y otra absolutamente igual no serlo, según la enseñanza del artista pop Andy Warhol y sus Brillo Box, en la década del sesenta (cajas del envase de un conocido producto de limpieza americano, reproducidas literalmente por el artista con intención de transformarlas en artefactos artísticos).

 

 Andy Warhol, Brillo Box, 1964.


Este episodio muestra el proceso de desacralización que tuvo lugar al interior del arte desde las vanguardias históricas del siglo XX en adelante, en la medida en que éste se emancipó de muchos de los mandatos que lo estructuraron por siglos.

En este escenario, quisiera referirme a un soporte artístico que responde a estos cambios, es resultado de ellos: el arte callejero, una práctica artística que a diferencia de otras formas del arte público irrumpe en el espacio urbano, establece un diálogo no sin tensiones con el medio en el que se emplaza.

No tiene rasgos específicos que lo diferencian de otras cosas, hay quien ve en ellos arte y quien no. Está en el espacio público, se expone a él, a la eventual indiferencia de los transeúntes. Se requiere un intercambio en la conformación de la recepción de estas prácticas, una participación de la mirada respecto a lo que tienen frente, es decir, no estamos ya ante un espectador pasivo, que ejerce una actitud contemplativa sino que se requiere de una reacción, de una respuesta de parte de los destinatarios.

Es efímero, perecedero, se pinta la pared o el piso y éste se erosiona por las inclemencias del tiempo, desaparece, es reemplazado por otras marcas. Evade (aunque en muchos casos solo parcialmente) la perversa forma de circulación de los bienes culturales que, al igual que cualquier mercancía del mundo capitalista, se vende al mejor postor.

Existen formas del arte callejero como los stencils que no tienen copyright, se reproducen en diferentes puntos de una ciudad, se los extrapola a distintas ciudades del mundo, y en este sentido, los medios de comunicación han favorecido su esparcimiento. Es así como uno encuentra stencils del enigmático artista callejero británico que oculta su identidad, Banksy, no sólo en Londres -que es donde este artista callejero opera en general- sino que aparecen ecos de su arte reproducidos por anónimos en Bogotá, en Nueva York y también acá en la Patagonia.

 

 Banksy, Londres.


 Banksy, Londres.


Es así que en el presente el arte callejero está por doquier en las ciudades y es increíblemente versátil: hay arte callejero autorreferencial, otro cool que busca embellecer fachadas, hay arte político cuyo mensaje artístico está al servicio de la protesta, evocando los orígenes del arte callejero que remiten a la protesta política en distintos escenarios, criticando los formatos ortodoxos, en una apropiación clandestina e ilegal, que ahora mutó en nuevas formas y nuevos recorridos posibles desde donde pensarlo - ya que incluso hay artistas y colectivos de arte que hoy se rehúsan a intervenir fachadas sin el consentimiento de sus dueños-.

En este sentido, es interesante pensar en la transformación del arte callejero ya que si antes tenía un rol under, ilegal, ahora goza de buena prensa, las capitales del mundo no remueven sus fachadas si un artista callejero “famoso” irrumpe sus paredes, incluso hay locales comerciales que convocan a artistas callejeros para realizar “arte” en sus fachadas.

Hoy es una moda que se instituye globalmente, y esta simpatía general borra su origen contestatario y marginal exhibiendo su evolución a lo largo de los años, por lo que resulta interesante narrar la genealogía de este proceso.

En esta trama retrospectiva es imprescindible mencionar el impacto de los sesentas, el denominado “Mayo Francés”, el movimiento estudiantil que en 1968 salió a manifestarse en París con graffitis célebres apropiados luego una y otra vez en distintos contextos y coyunturas tales como “Prohibido prohibir”, “Sed realistas, exigid lo imposible", “La imaginación al poder”, por citar algunos. También ocupa un capítulo central en la narración de este proceso de paulatina visibilidad y validación del arte callejero, el  underground en Nueva York en los sesentas y setentas, donde los graffitis se asociaban a una contracultura suburbana marginal, como los muestran por ejemplo los trenes y subtes intervenidos en Manhattan, la vertiginosa mutación del lenguaje y la simbología graffiti como forma autorreferencial de plasmar una expresión en el espacio público, el “wildstyle”, o “tag” estilos estandartes del graffiti, en los que las letras se mezclan unas con otras incomprensibles para personas ajenas al mundo del graffiti, o donde el artista diseña su firma y la reproduce una y otra vez en el espacio público. Estilos que fueron mutando a lo largo de los años, como ocurrió también con los “blockbusters”, letras grandes cuadradas de dos colores con las que cubrían los vagones de los trenes de manera fácil y rápida.

 

 Fabulous Five, New York, 1977.


A su vez, resulta ineludible la mención, por su impacto en el arte callejero posterior, de las inscripciones sobre el Muro de Berlín; sus paredes fueron objeto preferido de artistas de graffiti de Berlín occidental, al caer del régimen soviético, la parte oriental también lo utilizó como soporte artístico. En 1990 un sector del muro fue transformado en la mayor galería al aire libre del mundo, una obra única que se extiende 1316 metros de lo que quedó del muro. 

 

 East Side Gallery, Muro de Berlín.

 

 East Side Gallery, Muro de Berlín.

 

En la actualidad, estas marcas callejeras acusan los más versátiles recursos, algunos clandestinos, otros con permiso y despiertan fervorosa adhesión y también fervoroso rechazo.  Graffitis, stencils, murales, adhesivos, posters como los de Shepard Fairey, intervenciones artísticas de escaleras o paredes, dan cuenta de la condición abierta y en permanente transformación del soporte callejero.

El arte en la calle, en vez de sentir desconcierto porque se trastocaron los aspectos fundamentales del arte, de la falta de un límite que oficie de frontera, encuentra un modo de conectarse con el medio, ya no mesiánico y universal sino pequeño en su ambición y absolutamente heterogéneo en lo que respecta a sus procedimientos como sus intenciones. Así, hay arte público con aristas políticas y otro que sólo busca ser ornamental; un arte que busca aprovechar la instantánea del espacio público (Jef Aerosol, Paris), otro que busca sacudir al público con mensajes ecológicos, o robarle una sonrisa a los desprevenidos transeúntes; otro arte reivindica a ilustres desconocidos como ocurre con los stencils a escala que están en las paredes de Cipolletti desde hace un tiempo, con la imagen del “Chipi”, personaje conocido por todos en la ciudad. Las posibilidades son infinitas. El arte de hoy desanda sus muros, lo que a mi juicio es un muy buen augurio. 

 

 Jef Aerosol, París. 

 

 Stencil con la imagen de Chipi, Cipolletti.

 

 

* Docente e investigadora Universidad Nacional del Comahue, Universidad de Río Negro y IUPA (Instituto Universitario Patagónico de las Artes).

El arte en la calle

Comentarios

Maravilloso texto e

Maravilloso texto e investigación! Con tiempo recorreré QREL todo, saludos.

quique pérez / cipolletti-bsas

me parece un muy buen

me parece un muy buen artículo. claro preciso y contingente.
felicitaciones. es un artículo que sirve mucho para la educación media en artes visuales.

atte.

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