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Rozar
07/04/2013

"La vida es una cosa que brota"

El árbol de la muralla, un documental del neuquino Tomás Lipgot sobre Jack Fuchs, sobreviviente judío-polaco del nazismo. Cuando una historia traspasa la pantalla.
Por: Andrea Villar

“No son el poema ni el canto los que pueden intervenir para salvar el imposible testimonio; es, al contrario, el testimonio lo que puede, si acaso, fundar la posibilidad del poema.”

Giorgio Agamben, Lo que queda de Auschwitz.

 

Jack Fuchs es el protagonista de “El árbol de la muralla”, el documental del neuquino Tomás Lipgot (anagrama de su verdadero apellido, Gotlip). Inspirado en el libro homónimo de la psicoanalista Eva Puente, el film nos acerca a la vida y al relato de un sobreviviente de Auschwitz. “Un personaje increíble, extraordinario”, según Lipgot. Lleno de alegría de vivir, siempre a punto de broma.

"El árbol de la muralla" se estrenó en el Museo Nacional de Bellas Artes de Neuquén, el pasado viernes 6 de abril. Finalizada su proyección, Lipgot respondió a las inquietudes de un público profundamente conmovido. 

“Polonia”, no “Colonia”

Jack nació en Lodz, Polonia. (Aunque su nietita alguna vez lo corrigió: “No, abuelo, se dice ‘Colonia’”). Tiene 87 años. Vivió en el gueto judío, cuando Lodz fue ocupada por los nazis. Una vez escuchó de los campos de la muerte en la radio - la BBC de Londres -, pero creyó, con sus amigos, que se trataba de propaganda aliada para desprestigiar al Tercer Reich. Terminó en Auschwitz junto a su familia. Sobrevivió. No así su familia.

Cuando fue liberado por los aliados, a los 21 años, no pensó: “Ahora puedo vivir”, sino “ahora sí puedo morir”. Algo que en el campo le estaba vedado: morir como una persona.

En 1946, Jack recaló en New York, donde vivió alrededor de 20 años. A los 42 formó su familia en la Argentina, con una refugiada francesa. Una hija y tres nietas.

Cuando regresó a Lodz, después de 40 años, se encontró con el cementerio judío. Tumbas, muchas ellas sin identificación, “sin nadie que las limpie”. “Hubo vida judía aquí, una vida de chicos… Ahora, nada”.

Para Lipgot, la escena del cementerio (que recupera de un video de Jack) es la más terrible. Porque se lo escucha recitar un poema en su lengua materna, el ídish.

Cada tanto, Jack canta.

“Se me vienen cosas que uno no sabe cómo relatar”. “A veces me parece válido recordar. A veces pienso que no tiene ningún sentido. Porque el pasado no se puede cambiar, sólo los historiadores pueden cambiar el pasado…”.

Lo importante para Jack y muchos sobrevivientes fue aferrarse a la vida. “Nuestra venganza fue mostrar que a pesar de todo, los nazis no nos pudieron deshumanizar. A pesar de haberme quitado todo: la familia, los amigos, mi salud… Después de la liberación hicimos nuevos amigos, aprendimos a amar otra vez, a respetar a la gente, a emocionarnos…”

En un pasaje de la película, Diana Wang, hija de sobrevivientes del Holocausto, le agradece a Jack porque “me traes en tus evocaciones ese mundo que muchos hijos de sobrevivientes tenemos sed de conocer”. “Polonia era una especie de campo de muerte donde solamente se mataba judíos”, pero el testimonio vibrante que Jack hace de su infancia en Lodz, aleja a Diana de esa idea de que “en el principio, era la shoah”, “como si la historia de nuestras familias hubiera empezado allí, como si antes no hubiera nada”. Con Jack, Diana descubre lo que “no me imaginaba: que en Polonia se jugaba al fútbol”.

Un árbol en la muralla y sus lagunas

“La vida es una cosa que brota”, dice Jack. Entre los recuerdos que suelen asaltarlo, un arbolito que solía recordar en el gueto. “Cierro los ojos y puedo verlo”. Creció sobre una muralla, “con qué fuerza”. Las raíces entre los ladrillos. Y allí se mantuvo. “Y... quería vivir”. Y aunque cree que el ser humano no es como un árbol, algún misterio comparten. “Hay un paralelo con mi vida”.

Lipgot ha sabido traducir ese misterio y sus lagunas. Ha respetado los silencios, no ha violentado la memoria. Porque el sobreviviente, como dice Agamben, “tampoco puede testimoniar integralmente, decir la propia laguna. Eso significa que el testimonio es el encuentro entre dos imposibilidades de testimoniar; que la lengua, si es que pretende testimoniar, debe ceder su lugar a una no lengua, mostrar la imposibilidad de testimoniar. La lengua del testimonio es una lengua que ya no significa, pero que, en ese su no significar, se adentra en lo sin lengua hasta recoger otra insignificancia, la del testigo integral, la del que no puede prestar testimonio.”

Lipgot propone una secuencia narrativa que da cuenta de esas lagunas. Una secuencia sin suturas. Quizás para ser consistente con lo que dice Jack: “La gente deposita en el sobreviviente que debe tener toda la explicación de lo que ha pasado… Solamente soy víctima de lo que ha pasado. La víctima no sabe nada… El victimario tiene un antes, un durante y un después, pero esa gente se escondió y nunca ha dado testimonio…”

Quizá, porque hay una brecha insalvable entre esos sobrevivientes y nosotros: “Como dice Wiesel: ‘el que estuvo allá nunca puede trasmitir lo que vivía; el que no estuvo allá, nunca puede imaginar, es imposible’”, dice Jack.

"Los que no han vivido esa experiencia nunca sabrán lo que fue; los que la han vivido no la contarán nunca; no verdaderamente, no hasta el fondo. El pasado pertenece a los muertos." (Wiesel)

O tal vez, para ser fiel al lema de Jack: “Recordar lo que ha pasado, pero no vivir en el pasado, vivir hacia el futuro. Debemos profundizar y aprender a eliminar esta enfermedad que se llama odio. Porque, del odio, sabemos cómo comienza pero no cómo termina”.

 

En las rodillas de un abuelo

 

Alguien del público agradeció a Lipgot porque el documental lo metió en la pantalla. “Me sentaste en las piernas de un abuelo. Creo que estuve en el living con él, con el abuelo.”

Qué mejor respuesta del público a un documental que sabe narrar la persistencia de la vida en el horror, la fuerza de la vida para brotar entre ladrillos.  “Levantate, sino vas al horno!!”, le había dicho un amigo en el campo. Jack se levantó y se volvió sabio. Y, junto con Lipgot, nos transformó en testigos.

 

 
"La vida es una cosa que brota"
"La vida es una cosa que brota"
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Fuga


Cuando Jack recorría las calles de Lodz, su cementerio, y comienza a recitar un poema que desconozco, recordé "Salmo" de Paul Celan, poema cuya versión musicalizada por Michael Nyman e interpretada por Ute Lemper me conmueve hasta los huesos.

Ya nadie nos moldea con tierra y con arcilla,
ya nadie con su hálito despierta nuestro polvo.
Nadie.
 
Alabado seas, Nadie.
Queremos por tu amor
florecer
contra
ti.
 
Una nada
fuimos, somos, seremos,
floreciendo:
rosa de
nada, de nadie.
 
Con
el pistilo almalúcido,
cielo desierto el estambre,
la corola roja
de la palabra purpúrea que cantamos
sobre, o sobre
la espina.


Tomás Lipgot


Nació el 30 de octubre de 1978 en Neuquén, Argentina. Director y productor de cine, estudió en la Universidad del Cine (FUC). Dirigió diez cortometrajes. En 2005 realizó su opera prima de ficción “Casafuerte”. Durante 2010 dirigió los largometrajes documentales “Fortalezas” y “Ricardo Becher, Recta Final”. Su cuarto largometraje “MOACIR” (2011) recorrió diversos festivales internacionales. A poco de su estreno de “El árbol de la muralla”, Lipgot se encuentra en preproducción de un largometraje de ficción animado basado en “La epopeya de Gilgamesh”, el relato más antiguo de la historia de la humanidad, escrito hace unos 4000 años.

Comentarios

EL ARBOL EN LA MURALLA: DAR

EL ARBOL EN LA MURALLA: DAR ¨TESTIMONIO¨EN EL LENGUAJE QUE SE PUEDA, QUE NAZCA, LA RAIZ DEL ODIO, EN LOS TIEMPOS QUE CORREN, PARAFRASEANDO A JORGE LUIS BORGES: ¨...NO HABLO DE VENGANZA NI PERDON, LA UNICA VENGANZA Y EL UNICO PERDON, ES EL OLVIDO¨...; PERO EN LA CRUEL HISTORIA DE LA HUMANIDAD NECESITAMOS DE UNA MEMORIA ACTIVA!

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